El otro día mi hijo (quien es un poco rebelde) comentó que yo había entrenado a mi perro muy bien, pero él no estaba muy a gusto que el perro me obedece inmediatamente y espera a cada palabra mía. Creo que le recuerda de las normas de su niñez.
La verdad es que mi perro es muy impresionante; se comporta muy bien fuera de la correa. Cuando el ve a otro perro o un ciclista, sabe volver a mí, sentarse a mis pies, y esperar para la correa. No tengo que decir nada.
Para mi hijo, ese es un control que no le agrada. Pero yo le expliqué que no es control, sino libertad. Porque mi perro (Tigre) es tan obediente, y puedo confiar en él, tiene la libertad para correr e investigar todo – fuera de la correa. Él nunca piensa en salir de nuestro patio, así que puede estar libre allí. Nunca toca a nada en la casa; así que puede estar libre en la casa cuando nosotros no estamos allí. Cuando llegó a nosotros, era temeroso de todo, pero ahora se siente seguro y no tiene ese temor.
Le recordé a mi hijo la diferencia con el perro de la vecina: Brinca la cerca con cada oportunidad, así que tiene que estar en una jaula. En la casa destruye todo y tiene que estar en una caja cerrada. Siempre está en la correa cuando sale de la casa. La dueña nunca ha dedicado el tiempo para entrenarle. No es obediente. Tiene que ser controlado por fuera. No tiene ninguna libertad.
Le expliqué a mi hijo que así es con Dios. Se encuentra verdadera libertad en sumisión y obediencia. Yo confío en mi Padre que Él sabe mejor que yo. Él no quiere controlarme; quiere darme libertad, pero no se encuentra libertad en rebeldía. Muchos presos pueden confirmar eso. No hay temor en la seguridad que tengo cuando estoy en la voluntad de mi Padre. Yo espero su palabra y quiero agradarle. Yo sé que me ama y yo le amo a Él.
Doy gracias a Dios por mi perro. Pero aún más, doy gracias a Dios por la libertad de obediencia. ¿Quieres vivir fuera de la correa?